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Intentando acabar los 100 microrelatos sobre la venganza y el orgullo. Composiciones cortas ya fuesen premiadas o no. Los ensayos los encontrarás en mi otro blog: hastaeltriunfo.blogspot.com
sábado, 15 de junio de 2013
El Camino
Sin unos personajes extraordinarios, en un lugar cualquiera
de la España
franquista y con unos hechos que hacen referencia a los acontecimientos
cotidianos de la vida, Miguel Delibes quiere llevar al lector a otra época, su
época y además hacerle reflexionar sobre cual fue camino que tomó o que tomará
en la vida.
Esto es lo
que le ocurre al protagonista, Daniel, o como lo llamaban en el pueblo, el
Mochuelo. Y es que a Daniel, le toca “progresar” como dice Delibes e ir a
estudiar el bachillerato para ser una persona de provecho.
El
Mochuelo, el Tiñoso, el Moñigo, el Manco, la Tonta … Y así muchos más apodos que hacen
referencia a los personajes, y señal inequívoca de que los hecho se desarrollan
en un pueblo pequeño. Y así pasa hoy día también, sin duda donde se da más el
fenómeno de los apodos sigue siendo en los pueblos pequeños, o no tan pequeños,
como es el caso de Priego.
Algo que,
aunque muchos quizá no lo compartan, sigue también en la misma línea, es la
manera en la que se divertían los chicos y se divierten ahora. No se divertían
y se divierten ahora con las mismas cosas pero sí de la misma manera: no
estando en casa. Igual que, como se refleja en la obra, los chicos salían todas
las tardes a pasear por el campo y observar los pájaros, los chicos de ahora
salimos por la ciudad, pues campo no hay, y tampoco observamos los pájaros
porque tampoco los hay muchos.
Uno de los
rasgos mejor descritos, en mi opinión, sobre la época, es el de la religión.
Sobre todo, cuando la
Guindilla mayor, uno de los personajes secundarios acude al
cura don José, más dispuesta a contentar a Dios que a actuar con sentido común.
Preocupada incluso, al escuchar que si hubiera nacido en otro país no sería
Católica, va a confesarse y a reprocharse su poca fe.
Los hechos
que se suceden son numerosos, variados y poco entrelazados entre sí a lo largo
de los veintiún capítulos. En todos ellos los protagonistas son diferentes
personajes residentes del pueblo de Daniel.
En lo más
profundo y filosófico del libro, nos damos cuenta de que Miguel Debiles quiere
llamarnos a una reflexión, sobre qué camino tomar, el que está marcado por la
vida o el que no. Todo esto, lo que me atrevo a llamar la verdadera esencia del
libro, esta en palabra de don José que tras hablar de los caminos de la vida en
un sermón que escucha Daniel, el protagonista queda marcado y empieza a ver las
cosas de otra manera.
También
hace un llamamiento a la facilidad con la que lo hechos pasan a ser recuerdos,
pero como esto aparece ligado a una de las mejores partes novelescas, prefiero
dejarlo a descubrimiento del lector, al que sin duda le digo que éste libro no
puede faltar en nuestras estanterías.
sábado, 13 de abril de 2013
Orgullo (I)
"Incondicional, puro, hasta que aparece la realidad"
Desde la ignorancia sentimental hizo un llamamiento a la cultura de lo físico, pero no pudo encontrar nada más que un puñado de mentiras escritas sobre cartas putrefactas, mojadas, y a punto de desaparecer por falta de importancia. Escritas, todas ellas, por quien le hubieron dado la vida de manera opcional, sin obligaciones, y que ahora exigían su interés y muestras exageradas de agradecimiento por causas injustas que nunca llegarían a resolverse.
Miedo, siempre, a ser como ellos. A llegar a tal punto de exigir a sus progenitores una muestra de agradecimiento por algo que nunca fue exigido, que nunca el Dios inexistente al que todos admiraban decidió. Ni señores, ni reyes, ni dioses podían contrarrestar su instinto de llegar más adelante. Pero sí pudo con él, la mirada de quienes le hubieron dado la vida, y pensó en cuanto temía al descontento, cuanto miedo le tenía a la desaprobación.
Desde este momento en adelante. Vamos, estás deseando explotar.
Desde la ignorancia sentimental hizo un llamamiento a la cultura de lo físico, pero no pudo encontrar nada más que un puñado de mentiras escritas sobre cartas putrefactas, mojadas, y a punto de desaparecer por falta de importancia. Escritas, todas ellas, por quien le hubieron dado la vida de manera opcional, sin obligaciones, y que ahora exigían su interés y muestras exageradas de agradecimiento por causas injustas que nunca llegarían a resolverse.
Miedo, siempre, a ser como ellos. A llegar a tal punto de exigir a sus progenitores una muestra de agradecimiento por algo que nunca fue exigido, que nunca el Dios inexistente al que todos admiraban decidió. Ni señores, ni reyes, ni dioses podían contrarrestar su instinto de llegar más adelante. Pero sí pudo con él, la mirada de quienes le hubieron dado la vida, y pensó en cuanto temía al descontento, cuanto miedo le tenía a la desaprobación.
Desde este momento en adelante. Vamos, estás deseando explotar.
domingo, 7 de abril de 2013
Venganza (III)
"If I'm not back again this time tomorrow,
Carry on, carry on as if nothing really matters" Queen
Carry on, carry on as if nothing really matters" Queen
Esperaban. ¿Qué decir en el momento que la decepción entrase por la puerta? Causas internas o causas externas ya no importaban, había ocurrido. ¡Cómo dejar atrás tantas oportunidades! ¡Cómo desperdiciar la vida que un día le brindaron sus padres! Y que, en opinión de éstos siempre le tuvo que estar agradecido... "Acaba con su vida por alguien que no le correspondía (o así es como siempre lo quisimos ver)".
Tardes decidiendo un futuro, tardes planeando una vida de serenidad y tranquilidad, hasta que la educación del miedo no le enseño a perdonar y en un cruce de cables la venganza surgió, la ira de la que más se avergüenzan los hombres de hoy día afloró.
Noches planeando no dejar huella, noches de estratega para un crimen que desde el principio él sabía que no tendría éxito, pues no había de salirse con la suya. Hasta que se dio cuenta, que las consecuencias que él tuviera que pagar, nunca serían mayores al disfrute que tendría al pensar que su enemigo estaba a metros bajo tierra.
sábado, 16 de marzo de 2013
El Orgullo Es para Siempre
No
podía evitar que la voz de aquél juez le recordase la verdad sobre
el arrepentimiento.
Hubo
una época, en que los valores de la vida no se daban a conocer lo
bastante bien a las generaciones venideras, y las personas nacían y
morían con dieciséis años.
Alberto
en estas situaciones, con el descontento de su padre y el amor de su
madre por otro lado, tuvo que sobrevivir a su infancia como pudo. El
aumento de responsabilidades y el cambio de prioridades que tuvieron
los padres a su nacimiento, no fueron suficientes para que un día,
ya con casi treinta años, Alberto aceptase jugar a los “chicos
malos”.
Alberto
comenzó a mendigar por las calles justo después de perder el
contacto con su amigo Mario y en el momento que se dio cuenta de que
prefería pasar hambre, que volver a su casa con aquellos padres que
le tocaron. Si al menos le hubieran enseñado a perdonar, hubiera
podido ser un poco más tolerante con ellos.
No
supo por qué perdió la amistad con Mario, cosas de críos quizá,
pero muchos años después, frente al juez, de Mario fue de la única
persona que se acordó. Mario fue quien se lo propuso. Alberto no
tuvo elección. Se avecinaba el invierno más frío de los últimos
años, y en la calle se pasaría mal.
Muchas
ganancias, pocas pérdidas. Si todo se hacía con cuidado, nada
debería de resultar mal. Así lo explicó Mario. Los sistemas de
seguridad del banco de la ciudad se encontraban en proceso de
renovación, y por eso mismo, las viejas alarmas y cámaras de
seguridad se llevaban al desguace. Los nuevos dispositivos deberían
de haber sido instalados a tiempo y haber llegado antes de
desinstalar los viejos. Pero fue el propio Mario el que detuvo el
camión a cambio de un puñado de euros.
No se
comunicó debidamente a los operarios del retraso (cosas propias de
la burocracia) y éstos se llevaron las alarmas dejando desprotegido
el banco durante un día. Solamente Mario conocía lo que estaba
ocurriendo en el banco. Sería de tontos desperdiciar una ocasión
así. No dudó un solo momento pues, en pedir ayuda a aquel pobre
mendigo que en los años que fueron amigos, le demostró lo
inteligente que era.
Los
años ya se aposentaban sobre la iglesia, como lo hacían las
golondrinas, construyendo sus nidos entre las centenarias piedras
lamidas por el tiempo. Aquí mendigaba Alberto todos los domingos.
Para Mario fue fácil encontrarlo.
Mario
dio un poco de limosna, y Alberto lo reconoció. Tras explicarle el
plan, Alberto se imaginó como podría ser su vida si todo saliese
bien. Un portazo en las narices de sus padres, una muestra de como se
puede salir adelante a pesar de la “educación del miedo” que
recibió.
-¿Por
qué pensaste en mí? -preguntó Alberto.
-Porque
considero que eres una persona que no tienes nada que perder, pero
sí mucho que ganar.
Quizá
la realidad estuviera muy lejos de las suposiciones que rondaban en
la mente de Mario. No hubo dudas, no hubo miramientos ni rodeos.
Llegó el día y los dos se reunieron. Mario le tendió una pistola.
Alberto la cogió con mucho cuidado y con las manos temblorosas.
-¿Por
qué haces esto? -preguntó Alberto.
Mario
llegó a comprender la pregunta. Miró a Alberto. Era un pobre
mendigo empapado en sudor y angustia. Mario era por el contrario, un
empresario de éxito.
-Por
la adrenalina -respondió al fin.
Mario
explicó a continuación a Alberto el protocolo a seguir. Hizo sobre
todo hincapié en cuando debía usar el arma. Se montaron en el
coche. Alberto no se atrevía a hablar. Nunca había tenido tiempo de
ponerse a pensar si realmente existiría algún Dios. “Ojalá fuese
así” pensó, “pues él sabrá que hago esto para poder vivir”.
La verdad es que sin arrebato de amor se carece del sentimiento de lo
que es justo.
Alberto
quería saber, ¿era la primera vez que Mario hacía aquello? ¿Por
qué hay necesidad del mal si no es para la propia subsistencia? Y es
que Alberto, antes de conocer el daño que le estaban haciendo sus
padres, siempre soñó con una vida verdaderamente diferente al
infierno en el que vivía.
La
educación del miedo encubierto en caricias y deshonestas muestras de
apoyo, no funcionó con él. Sin creencias religiosas, sin
inclinaciones políticas, sin haber conocido el amor en su vida,
todos estos pensamientos se le venían a la cabeza cuando pensaba en
la educación que había recibido. Se sintió una persona totalmente
vacía en el momento en que el coche aparcó al lado del banco.
“Siempre
suele haber un machito, que intentará pararnos los pies en un
forcejeo cuando sembremos el pánico, es justo entonces cuando debes
disparar”. Esas fueron las últimas palabras del cabecilla.
Alberto
entró en el banco con el corazón en el mismo puño que la pistola.
Como si lo hubiera visto escrito en algún lugar, nada más entrar,
un hombre se tiró a las piernas de Mario derribándolo, Alberto
quedó paralizado unos instantes. Sabía perfectamente cuál era la
orden que debía cumplir.
Alberto
hizo lo que le fue ordenado. Aquella bala apartó la poca esperanza
que tenía su vida. Pues el reguero de sangre que allí discurría se
tradujo en la incertidumbre, y más tarde en el arrepentimiento. Vio
en blanco los naipes de su porvenir. Había matado un hombre.
Alberto
no pudo más. Dejó caer la pistola, sabiendo la que se le venía
encima. Mario le gritó que cogiera el arma, que estaba hecho, pues
ya les estaban cargando el dinero tras ver que las alarmas no
funcionaban.
Pero
no. Alberto sabía que no saldría de aquella. Salió por la puerta,
decidido a entregarse. Creyó que la sinceridad le daría una tregua
ante sus errores. Su padre no le explicó la falsedad de estos mitos.
Los
numerosos juicios siguientes hicieron que la voz del juez quedase
ligada a la verdad sobre el arrepentimiento. No se hubiera
arrepentido de haber salido de allí con Mario y el dinero. Sabía
que hizo lo correcto al entregarse, pero eso no le quitaba la culpa
de haber apretado el gatillo.
Pensaba
no tener nada que perder. Comprendió que no era así. Le quedaba
algo, que como decía su madre, es inherente en los hombres por el
simple hecho de haber nacido. La libertad. Pues ya no podría vivir
con la esperanza de un posible mejor mañana. Iba a ser ejecutado. Ni
sinceridad, ni arrepentimiento, ni ser una simple marioneta del
verdadero autor del crimen le sirvieron.
Qué
pude haber sido y qué no fui. Todo, esa era la verdad para Alberto,
todo. Se daba cuenta de que quizá no fuese una persona tan vacía
como pensaba. Estaba lleno de sueños e ilusiones, que al fin y al
cabo, era de lo que vivía.
No
quedaba ya ni siquiera ilusión de venganza, pues no sabía de quien
vengarse. De Mario, estaba claro que no. Le deseaba la mayor suerte,
aunque fuera el mismo Lucifer. De su padre, le seguía pareciendo la
maldad y el auténtico asesino de la víctima del crimen. Alberto
comprendía lo difícil que es que todo vaya contra uno mismo. Era él
el que iba contra el mundo
Que
su padre quisiese hacerse el duro, no era una excusa para educarle en
el miedo. Lo sentía en el fondo, pero no eran suficientes los
recuerdos buenos que tenía como para perdonar a su padre. No quedaba
esfuerzo que hacer. La decisión fue tomada, moriría con el odio por
dentro.
El
pacto quedó roto. Hacía años que él mismo se había prometido no
recordar su infancia, para no amargarse la vida. Pero en aquél
momento lo recordaba, lo que más. Una sola muestra sincera de apoyo,
eso era lo único que hubiera pedido. No eran suficientes los
recuerdo buenos que tenía de su padre como para perdonarle. “Uno
más, y equilibrarás la balanza”.
Encaminándose
cabizbajo hacia la sala de ejecución, dejando el corazón y el alma
en la celda para que permaneciesen para siempre en ese mundo que él
tradujo en un infierno, esperaba ver a su padre con alguna lágrima
en los ojos. “Estás a tiempo padre, con una lágrima o con una
sonrisa que me diga que el orgullo no es antónimo de humildad, que
para un hijo, la palabra orgullo puede significar el mayor regalo por
parte de un padre”, pensó.
No
fue así. El padre de Alberto lo miraba impasible, con la mano de su
mujer, cogida fuertemente. Era como si su padre no tuviese nada que
decirle, como si ya estuviera todo hecho. Vio entonces Alberto, a los
padres de la víctima, contentos con la justicia. “Deberían de
saber que el hombre que se sienta cerca de ellos es realmente quien
debería estar en mi lugar” pensó.
Días
más tarde, durante las tardes mudas en la casa de los progenitores
de Alberto, el padre contemplaba pensativo la carta que de tanta duda
empezaba a descomponerse. A pesar de que todo había ocurrido ya, no
podía quitarse de la cabeza la idea de que hubiera hecho mal en no
enviarla. Debería de convivir con esa incertidumbre que solo le
hacía mal.
-Maravillosas,
-le dijo su mujer, al verlo tan desquiciado junto a la carta- pero al
fin y al cabo, solo son simples palabras. No habrías conseguido
recuperar en tan pocas líneas lo que perdiste hace veinte años,
cuando marcaste a nuestro hijo con la señal del descontento. De
haberla enviado, nuestro hijo habría muerto creyéndote, además de
todo, un hipócrita.
Te
mentiría hijo si te dijese que esto no es una disculpa. Los años
han pasado y sabes perfectamente que el tiempo no cura, envenena. Ya
pasaron nuestros mejores momentos. Sinceridad, creo que me faltó
hijo. Apoyos que nos engañaban a ti y a mí. Creí que te hacía
bien, creí que te hacía bien hijo. Es de tontos creer que en estos
momentos lo que esperas son unas palabras del demonio que acabó con
tu vida. Pero es típico en los de mi condición querer exculparnos
en los últimos momentos. Creo que la sinceridad da una tregua ante
los errores, ¿no lo crees tú también?
Que
el homicidio sea algo secundario para ti. Fui yo quien lo maté. De
haberte enseñado a perdonar, nada hubiera ocurrido. ¿Tú madre lo
hacía verdad? Era ella quien te daba el cariño necesario que un
hijo necesita. Pero ahora me doy cuenta de que necesitabas las dos
partes. Hijo, tranquilo, tienes todo el derecho del mundo a odiarme
pero quiero que sepas que mi orgullo es para siempre.
(Ganador del concurso de Álvarez Cubero en categoría A)
viernes, 22 de febrero de 2013
Los peces no cierran los ojos
"La grandeza de un hombre se mide por su capacidad de no responder al odio con más odio" Erri de Luca
Erri
de Luca, no descansa. A sus 62 años sigue escribiendo y no parece
bajar el ritmo para nada. Novelista, poeta y traductor italiano,
decide deleitarnos con su obra “Los peces no cierran los ojos”. Y
así, mostrarnos una etopeya (más que un retrato) de lo que fue él
con diez años, y el verano que pasaba pegado a las revistas de
pasatiempos, que habría de marcar su vida.
Marcar
su vida, pues así lo muestran las constantes comparaciones con el
presente que realiza a lo largo de la obra. Saltos de cincuenta años
para mostrarnos las cosas que cambiaron en su vida y las que se
mantienen iguales hasta hoy.
A
los diez años, con un año de antelación, Erri pasa a realizar la
educación media. Allí, mirando a los demás chicos acercarse al
“sexo opuesto”, como dice él mismo, se empieza a dar cuenta de
que todo cambia a los diez años, y de que los adultos no son nada
más que niños deformados. Leyendo los libros de su padre, en
especial gracias a El Quijote, entiende como piensan los adultos. Y
lo que es más importante, a comportarse para ser bien aceptado y no
parecer un pedante.
El
verbo mantener, su favorito. En ningún momento se especifica
realmente por qué. Pero conforme avanza la historia cada lector
puede sacar sus propias conclusiones acerca de este verbo, que como
muestra el autor, tiene mucho que mostrar.
La
justicia. Un sentimiento que aparece a los diez años siempre y
cuando no se carezca de arrebato de amor. Y aun ahora, como muestra
la entrevista que le fue realizada por el ABC, Erri de Luca afirma
que lo que no ha cambiado respecto al niño de diez años asustadizo
y con ganas de crecer, es el sentimiento de la justicia.
Pero
no fueron estas razones, las que cambiaron su vida. Ni tampoco, la
decisión que se le plantea a la madre de Erri, y que dejándola en
manos del niño, éste se enfrenta sin saberlo, a uno de los mayores
dilemas de su vida. Nada de esto fue lo que hizo que este verano
perdurase en su mente por el resto de su vida. Sin duda, para saber
lo que fue, nada mejor que iniciarse en la lectura de esta corta y
simple, pero bella obra.
Desde
mi punto de vista, “Los Peces no Cierran los Ojos” es el claro
ejemplo de como una historia simple bien contada se convierte en obra
de arte. Me explico. Al principio, puede parecer que el verano de un
chico de diez años, no puede ofrecer mucho al lector. Bien es
cierto, que poco se sale del argumento de este verano, por lo que a
veces, puede parecer un poco monótono. Pero no es hasta que terminas
el libro, cuando te das cuenta de que es como si tú mismo hubieras
vivido esas experiencias.
Esto
es, en mi opinión, lo que hace de este libro algo diferente. Algo
nada comercial. Se nota que el autor no escribió buscando que fuese
un “top ventas”. Si vas esperando un gran final, una gran
intriga, una enorme trama, no la encontrarás precisamente aquí.
Aquí lo que hay es una historia bien contada, como nadie hubiera
sido capaz de narrarla, aunque la hubiera vivido en sus propias
carnes.
domingo, 20 de enero de 2013
Venganza (II)
"Quién no ha de salirse con la suya"
Recuerden la triste verdad que acarrea la venganza. Pues el reguero de muerte que allí discurría llevaba un poco de sangre, hubo significado, la incertidumbre que se ha de traducir en un profundo arrepentimiento. Y más aún cuando aquel río fue eterno queriéndolo todos menos aquél que le dio lugar, el arrepentimiento no tenía donde esconderse. Triste pero cierto que haya que no salirse con la suya para que él venga. Triste pero cierto, que haya que darse cuenta de que es evidente. La culpa empieza y el arrepentimiento aflora. "Todo lo que hube creído o imaginado se va, y que sepas, aunque ya no vuelvas a oír que hubo sido culpa de ambos".
Ahora quizá hubiera tocado esperar y querer convencerse de que había aún una pequeña esperanza por la que luchar. Pero atrasar los hechos no tiene lógica. El reguero de sangre ya llega a la casa de sus queridos. Lo siento, porque ahora sí que lo siento.
Recuerden la triste verdad que acarrea la venganza. Pues el reguero de muerte que allí discurría llevaba un poco de sangre, hubo significado, la incertidumbre que se ha de traducir en un profundo arrepentimiento. Y más aún cuando aquel río fue eterno queriéndolo todos menos aquél que le dio lugar, el arrepentimiento no tenía donde esconderse. Triste pero cierto que haya que no salirse con la suya para que él venga. Triste pero cierto, que haya que darse cuenta de que es evidente. La culpa empieza y el arrepentimiento aflora. "Todo lo que hube creído o imaginado se va, y que sepas, aunque ya no vuelvas a oír que hubo sido culpa de ambos".
Ahora quizá hubiera tocado esperar y querer convencerse de que había aún una pequeña esperanza por la que luchar. Pero atrasar los hechos no tiene lógica. El reguero de sangre ya llega a la casa de sus queridos. Lo siento, porque ahora sí que lo siento.
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